sábado, 18 de octubre de 2014

El sufrimiento como tradición

Hola, Libromaníacos. Me temo que parece que esto se está abandonando... Siento mucho olvidarme tanto del Blog, aunque quiero dejar constancia de que prácticamente no hay día que no sienta lástima por dejar de escribir aquí con lo mucho que me gusta.
Después de todo el revuelo levantado por el tema del Toro de la Vega que se celebra en Tordesillas anualmente, y un poco tarde quizás, os dejo aquí una pequeña reflexión sobre el tema de la tradición de los toros en España y mi parecer sobre la actitud de los españoles con respecto a ésta.
Sin más dilación, espero que os guste y que no olvidéis que es un placer recibir vuestra propia opinión mediante los comentarios y el e-mail del Blog a vuestra disposición.

Cada año, los habitantes de la localidad vallisoletana de Tordesillas se reúnen para disfrutar de un espectáculo en el que entre todos acorralan y golpean a un toro para martirizarlo y regozijarse de su dolor hasta, finalmente, darle muerte.
El Toro de la Vega, como denominan este fenómeno a nivel nacional, suscita gran polémica entre los fervientes defensores de esta tradición y sus detractores, que más allá de referirse al Toro de la Vega como una tradición, lo califican de matanza y dan a entender que los tordesillanos, lejos de enorgullecerse de dicho festejo, deberían avergonzarse de acoger en su localidad semejante tortura.














Y dado que todo pueblo que somete a grandes sufrimientos a seres sin capacidad de razonar o defenderse como un humano, no es sino un pueblo atrasado e irrespetuoso, me veo en la obligación de manifestar mi absoluto desencanto y disconformidad con la celebración anteriormente citada y, ya de paso, con el “arte taurino” en general.
Me refiero al resto de festejos taurinos que tanto furor provocan en nuestro país y que desde allá atrás, en tiempos en los que quizás tuviera más sentido que un puñado de bárbaros con lanzas acorralase a un animal incocente, siguen vijentes a día de hoy.

No es de extrañar que un pueblo que considera parte de su patrimonio arremeter sin piedad contra un animal por puro morbo escabroso, haga lo propio con aquéllos que intentan parar esta situación.
Prueba de ello son las palizas propinadas a los defensores de los animales en manifestaciones pacíficas, durante la Semana de Bous de Algemesí, en la Comunidad Valenciana, festejo en el cual hasta los más jóvenes e inexpertos pueden tener su minuto de gloria participando en la muerte de becerros a base de atizarlos con toda clase de objetos hirientes.

Es entonces cuando uno cae en la cuenta de que es curioso que precisamente en un país en el que con tanto ardor se defiende la religiosidad y los valores católicos, así como el derecho a la vida, se dé tal lección de hipocresía al regocijarse de la muerte de un ser que siente el dolor como cualquier humano, ya sea el verdugo un tosco jinete armado con lanza o un presunto artista con traje de luces y aires de grandeza, porque lo que queda claro es que, cuando el dolor y la vejación de un ser maltratado sin moral ni miramientos, y todavía más cuando de una ejecución multitudinaria se pretende inventar de ello una longeva tradición, todos, ya seamos partícipes o cómplices, somos el verdugo.

Libromaníaca.