domingo, 17 de agosto de 2014

La mujer de Windermere

El tiempo pasa demasiado rápido.
No me termino de creer que este verano ya esté tocando su fin, y lo mismo ocurre año tras año.
Por eso quizás me resulta tan increíble haber rescatado este inicio de novela de alguna carpeta remota de mi casa, porque precisamente el tiempo fue el principal causante del abandono de la misma. Ya sabéis: los estudios, el estrés, la inseguridad, en ocasiones la vagancia, la desidia... Todos ellos ingredientes indispensables para hacer de un entretenimiento pasajero una tarea eterna. 
Exactamente un año atrás, en agosto del 2013, inicié en un arrebato de inspiración (averiguaréis pronto cuál fue la fuente de la misma) esta novela que recuerdo haber escrito como simple diversión, pero ahora el recuerdo de los pocos ratos pasados escribiéndola, unido a algo parecido a la melancolía, parecen querer impulsarme a compartirla con alguien, ¿y quiénes mejor que mis Libromaníacos? 

Pensando que este sitio nació con el propósito de compartir con todo el mundo lo que escribo, y que inevitablemente una a veces se desvía del tema y también es cierto que todo depende del estado de ánimo, por tanto una va dejando olvidado, como paradoja, lo que más le interesa, he decidido publicar esto.
A esto viene que hable como una anciana de lo rápido que pasa el tiempo...

Untitled | via Tumblr
Debo decir que esta historia fue escrita poco después de haber completado una especie de ciclo de las hermanas Brönte y, un estilo completamente distinto, Jane Austen. Así que cualquier semejanza en la trama o en los escenarios es, no alberguéis duda alguna, más que mera coincidencia. Me llena de nostalgia recordar los momentos en los que todo aquéllo que veía me hacían sentir un irreparable deseo de iniciar una nueva historia, y cómo sentía la necesidad de escribir también mi propia novela cuándo otra me atrapaba y emocionaba. 
Lo que a mí me sucedió con estas autoras fue que, simplemente, me enamoraron los ambientes que rodeaban sus novelas, los personajes que las protagonizaban... todo. Por eso quise basarme en ellas para hacer mi ínfima aportación a la novela gótica. Es posible, entonces, que os encontréis con estilos entremezclados, tonos satíricos en medio de una "profunda descripción psicológica" y demás aberraciones. Con algo de documentación, un estilo personal aunque con claras influencias y un poco de investigación sobre lugares y costumbres, empecé la historia.
 Yo sólo advierto (e intento asustaros): es un entretenimiento, un ejercicio de escritura, un entrenamiento que ni siquiera ha sido revisado con más ojo crítico que el de la tierna nostalgia. No seré la primera en deciros que no todo nos agrada a todos y que nada es perfecto. 

Y sin más dilación, os dejo con la primera entrega de un comienzo de novela gótica que espero que sea de vuestro agrado.

La mujer de Windermere

PRÓLOGO
Si bien muchos calificaban a la joven Miss Ainsworth de escéptica y terriblemente realista, nadie podría creer ahora mismo la historia que me dispongo a contar, quizás porque desde las primeras páginas de esta novela es notable lo distinto del carácter de Beatrice de lo que sus conocidos pudieran pensar. Y si alguien no cree poseer la suficiente imaginación como para ver a Miss Ainsworth como protagonista de esta historia, le aconsejaría por propia conveniencia que no continuase con el relato de lo sucedido, pues no verá en esto más que una mentira dividida en tres partes. Si también dudan de la capacidad de su hermana Rhoda, será mejor que tampoco inicien la lectura, porque posiblemente para ustedes sea complicado imaginarse a la menor de las Ainsworth como la heroína que demuestra ser aquí.

Pero no pienso proporcionarles más adelantos sobre la historia. De modo que, si realmente están interesados en conocerla, solo tienen que leer las siguientes páginas. Yo, por mi parte, proseguiré con la redacción.

PRIMERA PARTE
Miss Beatrice Ainsworth procedía de una familia de muy buena posición y con unas rentas más que elevadas, y esto, unido a su encantadora belleza y a su reconocida inteligencia, hacía de ella si no la más admirada, sí una de las más pretendidas de la zona.
Northallerton se hacía pequeño para el ansia de la familia Ainsworth por agrandar su círculo social, por lo que en numerosas ocasiones Mrs. Ainsworth se veía obligada a dirigirse a otros lugares de Yorkshire acompañada por sus cuatro hijos en aquellos momentos en los que su marido, por cuestiones de trabajo, se veía obligado a separarse de su hogar durante un largo período de tiempo.
Aunque le doliese hacerlo, Mrs. Ainsworth siempre permitía que sus hijos se trasladasen a lugares lejanos durante bastante tiempo, pues consideraba primordial darles la oportunidad de conocer a la mayor cantidad de personas de alta sociedad posibles.
El interés de Mrs. Ainsworth por la posición social de sus hijos, así como por sus respectivos círculos de amistades estaba claramente influenciado por la actual situación económica de la familia.
En primer lugar, el general Sir George Ainsworth pasaba fuera de la región tantos meses, que casi se podía decir que vivía más fuera que dentro de casa. Sin Sir George no les estaba permitido a los Ainsworth adquirir ningún bien por cuenta propia excepto lo estrictamente necesario, y esta medida tomó más fuerza en especial tras los despilfarros cometidos por George, el mayor de los hermanos, y, en consecuencia, el heredero de la fortuna.

Ante la chimenea, cuyos leños consumidos emanaban un olor hogareño e invernal, Mrs. Ainsworth se entretenía con sus labores de costura mientras el perro de la casa dormía a sus pies. No podía evitar refrotarse los ojos cada pocos minutos, pues a la escasa luz de la lumbre le era imposible realizar su labor sin que estos se le enrojecieran. Fuera, tras la amplia ventana, se entreveía una estrecha carretera donde convergían a su vez varios caminos. Esta, rodeada de valles, se extendía más allá de donde se alcanzaba a ver desde la ventana. Apoyada en el marco, con la mirada perdida y profundamente sumida en sus pensamientos, Beatrice escudriñaba el oscuro e inalcanzable horizonte tras los valles, justo en el punto en el que el sol había desaparecido tras las verdes colinas ahora teñidas del color de la ceniza. Unos últimos rayos de luz despuntaban desde más allá de las montañas y daban al muro de piedra que rodeaba el jardín un aspecto menos fantasmal de lo común. En esa época del año el campo aún no estaba cubierto de nieve, ni las cumbres estaban todavía teñidas de blanco. Fuera se respiraba un aire fresco y limpio, el ambiente estaba completamente alejado del bullicio y la muchedumbre de la gran ciudad, y en la lejanía, sobre el páramo, se divisaba una neblina gris y densa como una flor de algodón.
Una nueva presencia en la sala acabó por arruinar la apacible escena que se podía contemplar en la habitación.
Era muy alto, de constitución delgada pero fuerte, sin llegar a ser larguirucho. Su expresión mostraba impaciencia y felicidad en una conjunción perfecta del arqueado de sus cejas y el brillo de sus ojos.
Su rostro se caracterizaba por una frente despejada de quién no tiene demasiadas preocupaciones en su vida. Su tez era excesivamente blanca, y contrastaba con sus cabellos oscuros. En sus rasgos delicados tenía un parecido notable con su hermana Beatrice, que a su vez recordaba a su madre.
Barrett Ainsworth entró en la sala con sus fuertes pasos, que hacía crujir la madera más que los pasos de ningún otro habitante de la casa. Nadie pareció notar al visitante. El perro se removió en su sitio y, tras estirarse, se acercó a olisquear a aquel visitante que osaba interrumpir su descanso. Éste acarició su cabeza con ternura, y luego se acercó a donde se hallaba su madre, que lo apartó suavemente para que no se interpusiese entre la luz de la chimenea y ella.
-Madre-dijo Barrett con el tono propio de quien pretende hacer un anuncio-. No os vais a creer ni tú ni Beatie lo que os vengo a contar.
Después dirigió su mirada ansiosa hacia su hermana, que se la devolvió con fingida ansiedad, pero en realidad pensaba en el incordio que suponía siempre su hermano para ella. No había una voz que le diera tanta rabia, ni una presencia que la increpase más que las de su hermano, que parecía elegirla siempre a ella como predilecta en sus confidencias y hasta en sus comentarios más carentes de interés. Estaba segura de que, si estuviera sola en esos precisos momentos, Barrett empezaría a contar con excesivo detalle su noticia. Sin embargo, gracias a su madre, se vería obligado a acortarla, pues todos los habitantes de la casa mostraban su tendencia a evitarlo, excepto Beatrice, cuyo corazón, grande por naturaleza, le impedía desembarazarse de la constante presencia de su hermano.
-Y bien, Barrett-intervino la señora de la casa-, ¿de qué se trata esta vez?, ¿un nuevo potro para tu colección?, ¿o quizás…?
-No, mamá-interrumpió él-. Nada de eso. Se trata de la mansión de las Colinas Del Viento. Tiene nuevo dueño.
Esta noticia causó tal turbación a Mrs. Ainsworth que tuvo que dejar su labor y mirar a su hijo incrédula.
-¿Colinas del viento? ¿Quién? Eso es imposible… esa casa vale una fortuna… De modo que esa familia… Toma asiento, hijo; no te quedes ahí de pie. Por favor, siéntate aquí conmigo y cuéntame más.
Barrett obedeció a su madre, y el interés de la misma se acrecentaba a medida que relataba lo ocurrido.

-Esta mañana, cuando me acerqué a casa de Tom, todos parecían muy ajetreados. Al principio no le di importancia, porque ya conocéis la naturaleza inquieta de la familia Martin. Desde fuera, era todo un espectáculo el que ofrecía: toda la calle estaba llena de trabajadores y transeúntes aparentemente muy atareados, pues iban de arriba abajo cargando cosas o contando noticias a alguien que llegaba. Pero cuando entré en casa de Tom, me comentó que no soportaba lo nerviosa que se había puesto hoy toda la gente por culpa de esos nuevos vecinos. Después me siguió hablando acerca de lo insoportable que se le hacía su madre diciendo que enseguida deberían ir a conocer a la familia, pues no sé cómo, se habían enterado ya todos de que los que se instalaban eran una familia. Y yo le contesté a Tom que en nuestra casa nadie había mencionado nunca a los nuevos vecinos, por tanto debí suponer que nadie estaba informado, ¿o sí?, de modo que le pedí que me contara con todo detalle de quienes se trataba, ¡no es habitual tener nuevos vecinos por aquí!
>>Él me explicó que por lo que había escuchado a la señora Martin, se trataba de una familia de origen irlandés y el señor Morrison es un hombre de negocios de su importancia. No me informé mucho más, pero creo que el matrimonio tiene dos hijos, y de que la casa fue comprada al menos un par de meses atrás, pero prefirieron que no se extendiera el rumor de los nuevos vecinos hasta que se hubieron instalado debidamente. Y así ha sido hasta la tarde de ayer.
Mrs. Ainsworth había desviado su inquisitiva mirada desde su hijo hacia el fuego, que soltaba sus últimas llamas como un brote verde que se aferra a la vida en un árbol moribundo. Barrett se inclinó y avivó un poco el fuego. Mientras, su madre no apartó la mirada de las casi extintas llamas.
-Siempre es agradable conocer a nueva gente -comentó Beatrice, que había dejado de mirar por la ventana desde hacía un rato. Detrás de ella no se veía más que una corta extensión de hierba hasta la valla, y más allá tan solo se podía contemplar la negrura de la noche en los páramos-. Y dime, Barrett, ¿se lo has comentado ya a los demás?
-No, aún no… pensaba decírselo ahora mismo.
-Sí, será mejor que vayas. Estoy segura de que les interesará la noticia tanto o más que a mí.-y, tras este comentario, Barrett se apresuró a salir de la salita.
En cuanto se cerró la puerta, ambas volvieron a sus respectivos entretenimientos.


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